No, por favor, no nos andemos con medias tintas, componendas ni zarandajas, la respuesta debe ser sí o no, y casi seguro va a ser negativa. Ningún niño sueña con ser administrativo contable en una gestoría, ninguna niña ansía entrar de obrera en una contaminante y pestilente industria química, y jamás infante alguno pidió a los Reyes Magos una escoba previendo que en un indefinido futuro lejano ocuparía el puesto de barrendero municipal. Y no, por favor, no me contéis excusas. Ya lo dijo Rudyard Kipling y estoy de acuerdo con él: Hay mil razones para fallar, pero ni una sola excusa. Todos (Todos los que tengan la mínima capacidad de autoanálisis) saben en qué punto de su biografía se torció el camino desde lo ansiado pero inseguro hacia lo anodino pero práctico. Convertir sueños en proyectos viables es parte de ese proceso de maduración consustancial a la vida y cuyo único final posible es precisamente la muerte.
De hecho, diría que el estado natural del ser humano es el fracaso: Pocos, muy poquitos, triunfan, hacen lo que quieren y viven de ello. La gran mayoría sobrevive a base de encontrar un huequecito en el que estar más o menos cómodo esperando esa lotería que siempre espera todo trabajador, y que a diferencia de la otra siempre toca, que se llama Retiro. Y mientras llega y no llega, que algunos, pobres, caen muertos por el camino, se engañan a sí mismos, y a los demás, en un curioso ejercicio de autosugestión digno del mejor hipnotizador: Reniegan de sus sueños, de sus alocados proyectos juveniles, y para pasmo de los que como yo tenemos la desgracia de sufrir buena memoria y acordarnos de casi todo, nos argumentan que todo aquello no era en realidad lo que querían, no, hombre por Dios, si verdaderamente donde deseaban estar justo donde han llegado. O sea, que donde esté un empleo de peluquera que se quite ser la nueva Madonna, y que ir a
Yo, de niño, no quería ser bombero ni astronauta, no. Yo, de niño, quería ser camionero. Por supuesto, no tenía puñetera idea de la dureza del oficio real de camionero. Yo quería ser un camionero idealizado con una ruta interminable, infinita, yendo de una ciudad a otra sin acabar jamás de encontrar un destino, y más aún, sin regresar bajo ninguna circunstancia al punto de partida. Yo quería ser camionero como parte de mi pueril plan de fuga de una casa que nunca fue mi hogar, y donde vivían unas personas que me querían y cuidaban, sí, pero que nunca fueron mi familia. Con el tiempo, claro, abandoné la idea. Cada día estoy más convencido que me equivoqué al hacerlo, pero ahora ya es tarde, y hasta la carretera está muy mala para lanzarse a ella.
Es triste reconocerlo, pero pocos, muy poquitos, pueden decir que hacen lo que deseaban hacer y son como esperaban ser. La mayoría nunca imaginó (imaginamos) que los vericuetos extraños de esta vida laberíntica en la que no vale GPS ni guía Michelín alguna nos conducirían al cabo de años y años de vagabundeo estúpido al lugar infame donde sobrevivimos ahora.
