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La Coctelera

Categoría: mapa mental

Austeridad presupuestaria, mito inalcanzable: Un ejemplo práctico.

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: mapa mental - sin comentarios

La historia no es nueva, pero un boletín sindical atrasado me la ha recordado, y me viene al pelo en estos tiempos de crisis y grandes (y falsas!) declaraciones de intenciones sobre austeridad, control y reducción del gasto público para ejemplificar cómo se dilapidan los recursos del Estado, cómo de manera inexplicablemente negligente se malgasta en tonterías lo que no se puede gastar en necesidades. Que según vengo observando, y creo cada día con mayor seguridad, el problema de la calamitosa administración de los asuntos públicos no es en la mayoría de los casos cuestión de las ideas políticas de quien los administra, sino de sus carencias e incapacidades como gestor. No es problema la mayoría de las veces de políticas mal dirigidas, sino de gestión mal realizada.

En Mayo de 2.004 la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores en la madrileña calle Marqués de Salamanca tuvo que ser desalojada por una contaminación con naftaleno (Nota Mental: Tratar de averiguar cómo narices puede contaminarse con naftaleno un edificio público teóricamente bien conservado y mantenido…) Se debía buscar una sede provisional mientras duraba el proceso de descontaminación, con idea de volver a ocupar el edificio al término del proceso. La sede provisional elegida fueron las Torres Ágora, en la calle Serrano Galvache (Véase foto adjunta), un conjunto de dos edificios de catorce plantas cada uno, que se alquilaron al módico precio de 620.000 € mensuales, o sea, 7.400.000 € anuales. Desde su instalación allí, el Ministerio lleva gastados 33 millones (Lo pongo en cifras, que impresiona más: 33.000.000 €) en alquileres.

Lo mejor de todo es que la descontaminación de la vieja sede de Marqués de Salamanca acabó hace ya mucho tiempo, pero los jerarcas del Ministerio decidieron así sin más no volver a ella. En su lugar, edificarán desde los cimientos una nueva (y carísima) sede en la calle Raimundo Fernández Valverde. Aparte del costo de las obras, que la verdad, desconozco, porque no tengo los datos, no está previsto que el edificio pueda estar terminado antes de cuatro años, durante los cuales seguirán pagando esa bestialidad de alquiler (Así grosso modo la broma costará entre 30 y 35 millones más), teniendo la sede antigua totalmente vacía y disponible.

Los sindicatos de funcionarios ya no saben como ponerse. Han calificado la decisión de absurdo despilfarro, y han explicado que además de lo antieconómico de la medida, es también poco práctica, pues las dichosas Torres Ágora están alejadas del centro, mal comunicadas, y son poco representativas. Exigen, aunque nadie haga caso a sus exigencias, que el Ministerio se instale de nuevo en la abandonada sede de Marqués de Salamanca mientras duran las obras de la nueva sede. ¡Así al menos se ahorrarían cuatro años de alquiler! Pero no, el Ministerio erre que erre… Da miedo pensar que éstos gestores incompetentes y derrochadores son los encargados entre otras cosas de dar la imagen de España en el mundo…

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Mierda (El desgraciado caso del capitán Kowsky)

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: mapa mental - sin comentarios

Ludwig Kowsky, capitán de ingenieros, era posiblemente en Junio de 1.942 uno de los más felices oficiales de la Wehrmacht. Heredero de una adinerara familia burguesa de comerciantes textiles convertidos desde el comienzo de la guerra proveedores militares, su familia había sabido utilizar sabiamente contactos e influencias, y entremezclarlos con sobornos y promesas para conseguir que fuera nombrado Jefe de Sector de Ferrocarriles de Berlín, o sea, en la retaguardia, en un destino cómodo y nada peligroso, leyendo el periódico y fumando cigarros en su gran despacho con muebles de caoba de la Hamburger Bahnhof mientras sus compañeros de armas caían como moscas en lejanos y encarnizados frentes. Aquel día de principios de verano, el capitán Kowsky acudió como siempre a su despacho, puntualmente a las ocho de la mañana, ignorante de que su suerte estaba a punto de cambiar. A las 08.30, su hora prevista de llegada, hizo su aparición el larguísimo convoy militar que traía de vuelta a casa lo que quedaba de una División de Panzergrenadier del VI Ejército, diezmada en el frente ruso a lo largo de una durísima primavera de continuos combates. Al menos cuarenta chicas debidamente uniformadas, integrantes del Bund Deutscher Mädel, o Sección Femenina del Partido Nazi, estaban en los andenes esperando a recibir a los héroes, regalándoses sonrisas y pastelillos caseros.

El capitán Kowsky nada supo hasta que fue demasiado tarde. Aquellos dichosos pastelillos caseros, quién sabe cómo y dónde habían sido elaborados en aquellos tiempos de escasez. Sea como fuere, a medida que los pobres soldados los comían, unos tremendos retortijones se adueñaban de sus tripas… ¡Y eran miles! Los primeros acudieron a toda prisa a los baños de la estación, y llenaron a rebosar sus treinta retretes. Los de más atrás… Bien, no entremos en detalles, pero vías, andenes, bancos y papeleras, todo, absolutamente todo, quedó cubierto de orines y excrementos… Era algo inaudito, algo que sencillamente no podía pasar en el III Reich. Algo intolerable que solo podía deberse al más audaz sabotaje o la más incomprensible de las negligencias.

Ninguna influencia pudo esta vez salvar al capitán Kowsky de su destino: Fulminantemente cesado de su puesto, fue nombrado jefe de una compañía de zapadores que partía inmediatamente a primera línea del frente de Stalingrado. La guerra de verdad fue para él una desagradable sorpresa. Ingenua y regalada como había sido su vida hasta entonces, había llevado en su equipaje nada menos que treinta camisas blancas…

Apenas un par de semanas llevaba destinado en el frente ruso cuando, en una reunión del Estado Mayor de su Brigada, el Generalleutnant que la mandaba, y que conocía de sobra a la familia de su subordinado, le preguntó cómo era que de un puesto de lujo en Berlín, había acabado allí, en medio del infierno helado de Rusia. “A causa de la mierda, Herr Generalleutnant” fue la airada respuesta del frustrado capitán. Tal vez nada hubiera ocurrido si solo hubieran estado presentes oficiales de la Wehrmacht, siempre bien dispuestos a cubrirse sus faltas entre ellos, pero varios oficiales SS habían sido ambién invitados, entre ellos un Sturmbannführer en quien se conjugaban la más ansiosa ambición con el más ciego y furibundo celo por los postulados nacionalsocialistas. El oficial SS consideró un deber patriótico denunciar aquella frase a sus superiores, quienes indignados lo comunicaron a los superiores del Generalletutnant… El asunto acabó en el despacho del comandante en jefe del VI Ejército, Generalfeldmarschall Von Paulus, quien ordenó celebrar un consejo de guerra que valorara la gravedad de lo sucedido y estableciera una pena proporcional a la misma. El 22 de Diciembre de 1.942 el Consejo de Guerra se dio por finalizado con un informe final de más de mil folios que acababa con la siguiente frase: “Al capitán Ludwig Kowsky se le niegan todos los honores y todo derecho a la vida por sus insultos contra el gobierno de la Gran Alemania”.

Fue fusilado al siguiente amanecer. A causa de la mierda, claro.

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De niño, ¿Habrías soñado con llegar a ser como eres?

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: mapa mental - 1 comentario

No, por favor, no nos andemos con medias tintas, componendas ni zarandajas, la respuesta debe ser sí o no, y casi seguro va a ser negativa. Ningún niño sueña con ser administrativo contable en una gestoría, ninguna niña ansía entrar de obrera en una contaminante y pestilente industria química, y jamás infante alguno pidió a los Reyes Magos una escoba previendo que en un indefinido futuro lejano ocuparía el puesto de barrendero municipal. Y no, por favor, no me contéis excusas. Ya lo dijo Rudyard Kipling y estoy de acuerdo con él: Hay mil razones para fallar, pero ni una sola excusa. Todos (Todos los que tengan la mínima capacidad de autoanálisis) saben en qué punto de su biografía se torció el camino desde lo ansiado pero inseguro hacia lo anodino pero práctico. Convertir sueños en proyectos viables es parte de ese proceso de maduración consustancial a la vida y cuyo único final posible es precisamente la muerte.

De hecho, diría que el estado natural del ser humano es el fracaso: Pocos, muy poquitos, triunfan, hacen lo que quieren y viven de ello. La gran mayoría sobrevive a base de encontrar un huequecito en el que estar más o menos cómodo esperando esa lotería que siempre espera todo trabajador, y que a diferencia de la otra siempre toca, que se llama Retiro. Y mientras llega y no llega, que algunos, pobres, caen muertos por el camino, se engañan a sí mismos, y a los demás, en un curioso ejercicio de autosugestión digno del mejor hipnotizador: Reniegan de sus sueños, de sus alocados proyectos juveniles, y para pasmo de los que como yo tenemos la desgracia de sufrir buena memoria y acordarnos de casi todo, nos argumentan que todo aquello no era en realidad lo que querían, no, hombre por Dios, si verdaderamente donde deseaban estar justo donde han llegado. O sea, que donde esté un empleo de peluquera que se quite ser la nueva Madonna, y que ir a la Martinica a abrir un Resort para vegetarianos es mucho peor (Cómo vas a comparar!) que trabajar como vigilante de seguridad en un laboratorio farmacéutico. Sí, claro. Tranquilos, que me lo creo.

Yo, de niño, no quería ser bombero ni astronauta, no. Yo, de niño, quería ser camionero. Por supuesto, no tenía puñetera idea de la dureza del oficio real de camionero. Yo quería ser un camionero idealizado con una ruta interminable, infinita, yendo de una ciudad a otra sin acabar jamás de encontrar un destino, y más aún, sin regresar bajo ninguna circunstancia al punto de partida. Yo quería ser camionero como parte de mi pueril plan de fuga de una casa que nunca fue mi hogar, y donde vivían unas personas que me querían y cuidaban, sí, pero que nunca fueron mi familia. Con el tiempo, claro, abandoné la idea. Cada día estoy más convencido que me equivoqué al hacerlo, pero ahora ya es tarde, y hasta la carretera está muy mala para lanzarse a ella.

Es triste reconocerlo, pero pocos, muy poquitos, pueden decir que hacen lo que deseaban hacer y son como esperaban ser. La mayoría nunca imaginó (imaginamos) que los vericuetos extraños de esta vida laberíntica en la que no vale GPS ni guía Michelín alguna nos conducirían al cabo de años y años de vagabundeo estúpido al lugar infame donde sobrevivimos ahora.

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