Antes que nada, quiero pedir disculpas por esta semana de ausencia. Justo cuando uno de mis objetivos era publicar más regularmente, nos han “capado” la conexión a Internet en el trabajo, así que solo puedo conectarme desde casa, y no me sobra demasiado el tiempo. Sumadle a todo eso una semana complicada en lo personal y en lo profesional, y aparte de todo lo anterior, otros motivos más míos, como una repentina e inexplicable pérdida absoluta de creatividad. Las musas han abandonado precipitadamente mi domicilio, sin dejar explicaciones ni señas. Algunos días daba gracias por no tener tiempo de escribir, pues tampoco sabía sobre qué hacerlo…

Como es algo tarde y repetitivo hablar de Obama, resulta cansado incidir en la crisis, y a título personal tengo poco que contar tras pasarme la semana en blanco aparte de trabajar como un burro, cabrearme como un mono y por fin (¡loado sea Dios!) acabar el dichoso curso de Liderazgo, compartiré con vosotros dos de los regalos que he recibido por mi cuarenta cumpleaños, que dicen que la imagen es el reflejo de uno mismo, y si es así, viendo esto me conoceréis un poquito mejor.

Primero, un Swatch YOS429G, el reloj de “Tiburón” (“Jaws” en inglés) de la colección inspirada en los villanos de la serie de películas de James Bond 007 que ha lanzado la marca suiza. Teóricamente corresponde a “La espía que me amó”, pero la verdad, para mí el inefable personaje interpretado por el gigantesco actor Richard Kiel siempre irá más vinculado a “Moonraker” que a ninguna otra de las varias películas de la saga en las que aparece.

Segundo, unas Geox Compass Dark Brown tal que éstas:

Espero caminar con ellas por el buen camino, si es que tal cosa existe, mientras el Swatch me marca el tiempo restante para llegar a donde quiero. Puede parecer un deseo modesto, pero yo es todo lo que necesito para ser feliz. Y por cierto que ni estos dos ni ninguno de los otros regalos que he tenido ha sido el mejor regalo recibido. El mejor regalo con diferencia fue un fin de semana entero con Stigia, los dos solos, sin hacer nada especial pero sin preocuparnos tampoco de nada más que de nuestra mutua compañía, de disfrutar a cámara lenta, en la medida de lo posible, que el tiempo corre cuando debería detenerse, de estar juntos. 48 horas. No es mucho arrebatar a nuestras pesadas obligaciones familiares y laborales. Bastó de momento, apenas para quitarnos el síndrome de abstinencia que teníamos uno del otro. Pero si tuviera que cumplirse uno solo de mis deseos, desearía de todo corazón que el año que viene estuviéramos definitivamente juntos.