Recuerdos que nunca tuve
el 3 nov En: ficciones - 1 comentario
No todos los mares son iguales. Creía que sí, pero ahora sé que no. Hecho de menos mi mar, el Mediterráneo junto al que nací, pequeño y dorado como una joya, siempre acariciado por la refulgente luz de un sol que es un amigo. Donde ahora me hallo, en la agreste costa del gélido y brumoso Mar del Norte, la luz es muy distinta. Pálida, desvaída, mortecina, luz de cámara mortuoria. Aunque tal vez, bien pensado, sea esa la luz adecuada para esta jornada.
Pienso en ella de nuevo. Su hermosa imagen acude a mi mente y la invade de una cierta ternura. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Aún me estará esperando? Mi masculina vanidad me empuja a desear que así sea, mas mi razón, fría y cortante como el filo de la espada que pende de mi costado, espera que no, que se haya casado con algún otro de sus pretendientes, que más le haya aprovechado que su inútil fidelidad a mí. Tal vez no haya sucedido ni lo uno ni lo otro, tal vez haya muerto antes que yo… Será aún una mujer joven, pero ¿qué tendría de extraño? Conozco todas las costas del continente, y en todas habitan el dolor hiriente y la pena negra. En todas campan los cuatro jinetes, guerra, peste, hambre y muerte, los cuatro libres de acabar con quien les plazca, destruyendo el mundo, sin que nadie les detenga. Ni los airados predicadores fulminando anatemas desde sus púlpitos, ni los pobrísimos mendicantes recorriendo la tierra entera, descalzos, infligiéndose las más duras penitencias, enternecen el corazón del Altísimo. Por doquier, todo es muerte, como muerte habrá hoy aquí. Y sin embargo, una punzada de dolor me atenaza unos instantes. Después de tanta gente como he visto morir, después de estar yo mismo tantas veces a sus puertas, aún la idea de su muerte me hiere. No. Mejor no pensarlo. Mejor imaginarla tejiendo con la rueca, allí en nuestra aldea costera, felizmente casada con algún rico mercader de telas.
Y sin embargo, a pesar de tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta ira, la felicidad existe, pues la conocimos, ella y yo. Allí junto a nuestro mar Mediterráneo, en esas playas doradas de la inabarcable costa que configura el límite del feudo de mis parientes los Montgrí, allí fuimos felices. Luego, el mundo nos separó. ¿O fueron mi orgullo y mi ambición? Una mezcla de ambos, imagino. Bien es cierto que me debía a las obligaciones de mi rango y de mi casa, obligaciones que me fueron puntualmente recordadas por mi tío el Vizconde cuando ya nuestra historia de amor era motivo de público escándalo. Pero no es menos cierto que yo también quería dejar atrás aquella aldea de pescadores y ver mundo, y lograr fama y fortuna, antes de volver por ella para vivir el resto de nuestra vida juntos. Un año. Eso le pedí. Un año de espera, y ella juró esperarme. Partí en busca de fama y fortuna, creyendo poder lograrla fácilmente en ese año que ella graciosamente me regalaba… Pero han pasado ya diez años desde mi partida, y nada he logrado más que endurecer mi corazón hasta volverlo piedra. Qué lejana me parece ahora aquella primera travesía desde Barcelona hasta Mesina, donde me uní a la tropa de Don Blasco de Galcerán, gobernador aragonés de Sicilia, presto a partir hacia Grecia en cuanto recibiera refuerzos. Cuan borrosas se me hacen aquellas primeras batallas en el Mediterráneo Oriental que representaron mi bautismo de fuego, luchando contra turcos, genoveses y pisanos en nombre del Muy Alto Señor Rey de Aragón, siempre bajo
No. No son las cuatro barras oriflama las que ahora ondean en nuestro estandarte, sino el águila bicéfala de los Hohenstaufen. Cuanto tiempo ha pasado, cuantas tierras he recorrido, cuan inútil travesía que acabará sin duda aquí, en este apestoso rincón norteño, en estas dunas heladas de Heligoland. El viejo Rittmeister que nos manda en tierra, tras la muerte de nuestro Almirante en el mar, pasa a mi lado montando su enorme caballo tordo, casi tan viejo como él. No debíamos haber desembarcado. En el mar, hubiéramos podido huir en busca del amparo de nuestra capital, Lübeck, la de las siete torres, o de alguna de sus ciudades aliadas de
- ¡¡Los daneses!!
Ya está. Ya están aquí. Ya llegó ese final anunciado que tanto y tan ansiosamente venía esperando. Me bajo la visera del yelmo y desenvaino la espada. Atruenan en la lejanía los disparos de las gruesas bombardas, imponiéndose al rítmico tableteo de los tambores, a los juramentos y blasfemias gritados en varios idiomas, y al chirriar de aceros saliendo, como el mío, de sus vainas. Vuelvo a pensar en ella. No volveré a verla. No volveré a bañarme en el Mediterráneo ni en el profundo verdemar de sus pupilas. No volveré a ver la suave brisa de la madrugada meciendo sus cabellos pajizos. Moriré aquí, en este remoto rincón junto al Báltico, solo y olvidado. No puedo, sin embargo, reprimir una sonrisa postrera. Al menos yo conocí la felicidad. Es más de lo que puede decir la mayoría.

Morir con un recuerdo de amor, una sonrisa y la nostalgia del mar de la niñez...glorioso fin le cupo a este combatiente.
Que haya tenido una buena muerte.
Madame Rosa