Ludwig Kowsky, capitán de ingenieros, era posiblemente en Junio de 1.942 uno de los más felices oficiales de la Wehrmacht. Heredero de una adinerara familia burguesa de comerciantes textiles convertidos desde el comienzo de la guerra proveedores militares, su familia había sabido utilizar sabiamente contactos e influencias, y entremezclarlos con sobornos y promesas para conseguir que fuera nombrado Jefe de Sector de Ferrocarriles de Berlín, o sea, en la retaguardia, en un destino cómodo y nada peligroso, leyendo el periódico y fumando cigarros en su gran despacho con muebles de caoba de la Hamburger Bahnhof mientras sus compañeros de armas caían como moscas en lejanos y encarnizados frentes. Aquel día de principios de verano, el capitán Kowsky acudió como siempre a su despacho, puntualmente a las ocho de la mañana, ignorante de que su suerte estaba a punto de cambiar. A las 08.30, su hora prevista de llegada, hizo su aparición el larguísimo convoy militar que traía de vuelta a casa lo que quedaba de una División de Panzergrenadier del VI Ejército, diezmada en el frente ruso a lo largo de una durísima primavera de continuos combates. Al menos cuarenta chicas debidamente uniformadas, integrantes del Bund Deutscher Mädel, o Sección Femenina del Partido Nazi, estaban en los andenes esperando a recibir a los héroes, regalándoses sonrisas y pastelillos caseros.
El capitán Kowsky nada supo hasta que fue demasiado tarde. Aquellos dichosos pastelillos caseros, quién sabe cómo y dónde habían sido elaborados en aquellos tiempos de escasez. Sea como fuere, a medida que los pobres soldados los comían, unos tremendos retortijones se adueñaban de sus tripas… ¡Y eran miles! Los primeros acudieron a toda prisa a los baños de la estación, y llenaron a rebosar sus treinta retretes. Los de más atrás… Bien, no entremos en detalles, pero vías, andenes, bancos y papeleras, todo, absolutamente todo, quedó cubierto de orines y excrementos… Era algo inaudito, algo que sencillamente no podía pasar en el III Reich. Algo intolerable que solo podía deberse al más audaz sabotaje o la más incomprensible de las negligencias.
Ninguna influencia pudo esta vez salvar al capitán Kowsky de su destino: Fulminantemente cesado de su puesto, fue nombrado jefe de una compañía de zapadores que partía inmediatamente a primera línea del frente de Stalingrado. La guerra de verdad fue para él una desagradable sorpresa. Ingenua y regalada como había sido su vida hasta entonces, había llevado en su equipaje nada menos que treinta camisas blancas…
Apenas un par de semanas llevaba destinado en el frente ruso cuando, en una reunión del Estado Mayor de su Brigada, el Generalleutnant que la mandaba, y que conocía de sobra a la familia de su subordinado, le preguntó cómo era que de un puesto de lujo en Berlín, había acabado allí, en medio del infierno helado de Rusia. “A causa de la mierda, Herr Generalleutnant” fue la airada respuesta del frustrado capitán. Tal vez nada hubiera ocurrido si solo hubieran estado presentes oficiales de la Wehrmacht, siempre bien dispuestos a cubrirse sus faltas entre ellos, pero varios oficiales SS habían sido ambién invitados, entre ellos un Sturmbannführer en quien se conjugaban la más ansiosa ambición con el más ciego y furibundo celo por los postulados nacionalsocialistas. El oficial SS consideró un deber patriótico denunciar aquella frase a sus superiores, quienes indignados lo comunicaron a los superiores del Generalletutnant… El asunto acabó en el despacho del comandante en jefe del VI Ejército, Generalfeldmarschall Von Paulus, quien ordenó celebrar un consejo de guerra que valorara la gravedad de lo sucedido y estableciera una pena proporcional a la misma. El 22 de Diciembre de 1.942 el Consejo de Guerra se dio por finalizado con un informe final de más de mil folios que acababa con la siguiente frase: “Al capitán Ludwig Kowsky se le niegan todos los honores y todo derecho a la vida por sus insultos contra el gobierno de la Gran Alemania”.
Fue fusilado al siguiente amanecer. A causa de la mierda, claro.
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