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La Coctelera

Me pasaría la vida

Posteado por: Bérnicus el 13 nov En: juntos - 13 comentarios

Me pasaría la vida mirándote a los ojos, descubriendo en ellos nuevas y hermosas irisaciones doradas, plateadas y púrpuras (Nota para Encontrada: Cuando digo ojos, quiero decir exactamente ojos)

Me pasaría la vida contando las pecas de tu espalda desnuda. Contándolas y acariciándolas, y besando todas y cada una de ellas.

Me pasaría la vida viéndote discutir con la cajera del LIDL el precio de la manta que nos calentará la próxima madrugada, mientras la noche empieza lentamente a caer al otro lado de los sucios cristales de la puerta del supermercado, y también me la pasaría dándote la razón aunque sepa de sobra que no la tienes y que el cartel de oferta 14,95 € correspondía a la funda nórdica y no a la manta.

Me pasaría la vida yéndote a buscar en la línea 1, en ese penúltimo metro que pasa justo antes de la medianoche, en alguno de los destartalados convoyes en los que se entremezclan, en esas horas brujas y confusas, agotados trabajadores que acaban de terminar su turno de tarde con escandalosos noctámbulos que buscan la primera copa en los locales recién abiertos.

Me pasaría la vida volviendo después contigo de tu casa a la mía, de tu comedor a mi dormitorio, recién cenados, siempre cargados y apresurados, cansados, pero también abrazados y felices, en ese NitBus amarillo chillón que se ha convertido con los años en un clásico de nuestra relación, ese autobús nocturno casi siempre vacío y a veces sombrío, que vuela más que rueda Gran Vía abajo, conducido siempre por encima del límite de velocidad establecido.

Me pasaría la vida deshaciendo los nudos de tus rizos pelirrojos, justo esos que te quedan sobre la nuca, esos que no llegas a verte. Y me la pasaría haciéndolo mientras miro como te miras en el espejo del baño, y el reflejo me devuelve tu mirada mirándome también a través del cristal.

Me pasaría la vida despertándote a besos mientras tú te desperezas como una gata, y preguntas siempre qué hora es, aunque cada día sea la misma, y aunque la emisora de noticias que tengo sintonizada en el radio reloj despertador la repita dos veces antes y después de los titulares del día.

Me pasaría la vida cogiéndote la mano al caminar por la calle, metiéndote esa misma mano en el bolsillo trasero de tus tejanos mientras esperamos el autobús en la parada, y aferrándote por el talle en el metro, suave pero firmemente, manteniéndote a mi lado en medio de todos los frenazos y vaivenes.

Me pasaría la vida viendo cómo te desvistes en mi dormitorio, mientras la gran luna partida en dos del armario empotrado me devuelve tu figura duplicada y girada en ángulos distintos, como si fuerais tres Stigias desnudándoos a cámara lenta frente a mí, porque lo hagas a la velocidad que lo hagas, siempre lo veo a cámara lenta. Y me pasaría la vida contemplándote en respetuoso silencio, como si hicieras una obra de arte, que fue lo que pensé la primera vez que te vi. Y por enésima vez daré gracias al cielo, apreciando de nuevo cada centímetro de esa piel desnuda que no me canso de mirar, por que una diosa como tú se haya fijado en a este indigno mortal.

Me pasaría la vida diciéndote que te quiero. Y repitiéndotelo todas las veces que haga falta. Y enviándote luego un mensaje al móvil recordándotelo, por si se te ha olvidado.

Me pasaría la vida dándote masajes en los pies puestos sobre mi regazo, mientras tú, medio adormilada, tendida en el sofá, ves la televisión, que habla de guerras y desgracias que deben ocurrir en algún mundo que no es éste que compartimos. Porque en el mundo donde está ubicado ese sofá todo es perfecto y maravilloso.

Me pasaría la vida viendo cómo te arreglas para salir conmigo. Cómo maquillas tu rostro, como pintas tus ojos, como extiendes despacio las medias a lo largo de tus piernas bien torneadas, como colocas en su sitio todos y cada uno de los pliegues del vestido.

Sé que lo sabes, pero me pasaría la vida repitiéndotelo: Me pasaría la vida amándote. Es más. Voy pasar el resto de mis días amándote.

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Cosas que regalar a un cuarentón

Posteado por: Bérnicus el 11 nov En: juntos - 7 comentarios

Antes que nada, quiero pedir disculpas por esta semana de ausencia. Justo cuando uno de mis objetivos era publicar más regularmente, nos han “capado” la conexión a Internet en el trabajo, así que solo puedo conectarme desde casa, y no me sobra demasiado el tiempo. Sumadle a todo eso una semana complicada en lo personal y en lo profesional, y aparte de todo lo anterior, otros motivos más míos, como una repentina e inexplicable pérdida absoluta de creatividad. Las musas han abandonado precipitadamente mi domicilio, sin dejar explicaciones ni señas. Algunos días daba gracias por no tener tiempo de escribir, pues tampoco sabía sobre qué hacerlo…

Como es algo tarde y repetitivo hablar de Obama, resulta cansado incidir en la crisis, y a título personal tengo poco que contar tras pasarme la semana en blanco aparte de trabajar como un burro, cabrearme como un mono y por fin (¡loado sea Dios!) acabar el dichoso curso de Liderazgo, compartiré con vosotros dos de los regalos que he recibido por mi cuarenta cumpleaños, que dicen que la imagen es el reflejo de uno mismo, y si es así, viendo esto me conoceréis un poquito mejor.

Primero, un Swatch YOS429G, el reloj de “Tiburón” (“Jaws” en inglés) de la colección inspirada en los villanos de la serie de películas de James Bond 007 que ha lanzado la marca suiza. Teóricamente corresponde a “La espía que me amó”, pero la verdad, para mí el inefable personaje interpretado por el gigantesco actor Richard Kiel siempre irá más vinculado a “Moonraker” que a ninguna otra de las varias películas de la saga en las que aparece.

Segundo, unas Geox Compass Dark Brown tal que éstas:

Espero caminar con ellas por el buen camino, si es que tal cosa existe, mientras el Swatch me marca el tiempo restante para llegar a donde quiero. Puede parecer un deseo modesto, pero yo es todo lo que necesito para ser feliz. Y por cierto que ni estos dos ni ninguno de los otros regalos que he tenido ha sido el mejor regalo recibido. El mejor regalo con diferencia fue un fin de semana entero con Stigia, los dos solos, sin hacer nada especial pero sin preocuparnos tampoco de nada más que de nuestra mutua compañía, de disfrutar a cámara lenta, en la medida de lo posible, que el tiempo corre cuando debería detenerse, de estar juntos. 48 horas. No es mucho arrebatar a nuestras pesadas obligaciones familiares y laborales. Bastó de momento, apenas para quitarnos el síndrome de abstinencia que teníamos uno del otro. Pero si tuviera que cumplirse uno solo de mis deseos, desearía de todo corazón que el año que viene estuviéramos definitivamente juntos.

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Conversaciones con mujeres casadas

Posteado por: Bérnicus el 4 nov En: maldades - 3 comentarios

Conversación 1

-¡Gracias por acordarte, Juan!

-De nada, mujer, de nada, me es fácil acordarme de tu cumpleaños porque es justo el día antes del mío…

-Bueno, pero fuiste el único que se acordó, aparte de mi familia…

-Será que pienso mucho en ti…

Un súbito bostezo rompe de pronto la armonía de su bello rostro. Sonrío. Ella parece algo azorada.

-¿Qué, cansada? ¿Lo celebraste como se merecía?

Ríe suavemente, iluminándose su piel nívea, y se atusa, coqueta, los rizos de su melena azabache.

-Que va, que va… Es que mi marido ha marchado temprano de viaje, tuve que acompañarle al aeropuerto, ¡y nos levantamos a las cuatro de la madrugada!

-Entonces… ¿Tu marido vuelve a estar de viaje?

Algo en mi voz ha cambiado. Algo en su mirada también.

-Sí. ¿Por…?

Escopiniana pura. Cómo le gusta el juego. Casi tanto como a mí. Pero no seré yo quien se lo proponga, sino ella quien se muestre disponible, si es que lo está.

-Por nada, por nada…

Como con descuido, deja caer su mano izquierda sobre mi mano derecha.

-¿Es que te gustaría quedar conmigo?

A diálogos a la gallega me vas a ganar tú a mí…

-¿Y si así fuera?

Su lengua de gata recorre a cámara lenta el perfil de su boca. O tiene los labios realmente secos o su concepto de lo sexy lo ha aprendido en películas porno realmente baratas.

-Bueno, podríamos quedar alguna tarde…

Ya está. Ya mordiste el anzuelo. Ya gané la apuesta conmigo mismo. Es todo lo que quería.

-No creo que eso pudiera ser, Marisabella…

Ahora parece verdaderamente confundida

-¿No? ¿Por qué no?

-Porque por las tardes tienes a tus hijas contigo, y justo esta semana no puedes dejarlas con nadie porque tu madre está con tu padre en el hospital. Además, es muy arriesgado que vaya a verte a tu pueblo y sé que no querrás venir sola a Barcelona.

Se queda boquiabierta. Seguro que piensa que sé de su vida más que ella misma. Pero no es verdad, toda esa información me la ha facilitado ella en diversas conversaciones. Solo es fijarse, poner atención, y ordenar datos.

Conversación 2

El bar está lleno de gente. Marta es el centro de atención. Vestida de punta en blanco, describe con todo lujo de detalles el local de speed dating donde va a ir después, el ambiente, la parroquia, las risas, los ligues… Anima a todas a ir con ella algún día, y las demás, en general más conservadoras, la miran embelesadas.

Concha está algo apartada. Ya ha cumplido la cincuentena, pero se conserva de maravilla. Alta, delgada, bruna y de rostro anguloso. Yo la considero guapa. Ella no comparte mi opinión.

-¿Qué, Concha, no te interesa el Speedy dating?

Ríe francamente

-Eso para los jóvenes, yo ya estoy para sopitas y buen vino…

-Bueno, bueno, no será para tanto. Lo que pasa es que claro, trabajando con tu marido, no es plan de irse de fiesta al salir…

Hace un gesto despectivo con ambas manos, un gesto a medias entre el enfado y el fastidio.

-Eso da igual

-¿El qué?

Me mira con ojos cansados, tristes y profundos

-Lo que él piense, la verdad, me la trae al fresco

Y se envuelve en un silencio que es como una coraza. Y no quiero preguntar más ni decir nada, aunque hay una pregunta obvia a la que tengo claro que ella respondería que sí. Pero yo también permanezco callado, mientras bebo lentamente mi café con hielo.

Conversación 3

Curso de Liderazgo. Insoportable y plúmbeo discurso de la formadora sobre el valor del conocimiento mutuo a la hora de evaluar caracteres para que nos permita esa evaluación alcanzar un óptimo nivel de comunicación con el resto de miembros del equipo. Todos la miramos hastiados, deseando que llegue la hora de salir de allí. Ella, dándose cuenta, trata de romper el marasmo, y se gira de improviso, apuntando al que tiene más a mano (O sea, a mí) con un dedo que parece un arma

-A ver, tú mismo, dime todo lo que sepas de la persona que tienes al lado…

La persona que tengo al lado es la Dra. Oh-la-la, recién ascendida a un puesto para el que no vale, cosa que demuestra en cada decisión equivocada que toma. La definiría como creída y prepotente, tanto como lerda y narcisista. Pero mejor no digo todo esto, ¿verdad?

-Pues… es la Dra. D…, es francesa de origen, casada con un español, pero lleva ya viviendo muchos años aquí… Acaba de ser ascendida a responsable de…

La psicóloga da un golpe sobre la mesa que despierta a todos los amodorrados alumnos.

-¡No! ¡Me estás leyendo su currículum! No te pido que me cuentes su vida, sino cómo es ella, algo que denote que la conoces, ¿Es que no la conoces?

Me cabreo

-Pues mira, bíblicamente, no.

Noto como la Dra. Oh-la-la suelta un respingo a mi lado. Todos me miran con ojos desorbitados. La psicóloga sonríe maliciosamente.

-¿Y te gustaría?

De perdidos, al río. Miro con descaro a la Dra., totalmente ruborizada, y luego vuelvo a mirar fijamente a la formadora.

-Sería interesante, sin duda…

La formadora, hábilmente, deja la cosa ahí, cambia de tercio, y se dirige con otra pregunta cortante a quien se sienta delante de mí en la gran mesa elíptica.

Al finalizar la sesión, mientras bajo descuidadamente las escaleras, oigo una voz femenina con cierto dulzón acento francés en mi oído.

-Cuando quieras decirme algo, ya sabes donde encontrarme…

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Reencontrado, rebautizado, renacido, resuelto

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: vivencias - 12 comentarios

Ayer, al fin, cumplí cuarenta años. No, por favor, sin dramatismos. Aunque parece que haya habido alguna duda al respecto, os aseguro que ni estoy en crisis ni pienso estarlo a corto plazo, por más arriesgado que sea asegurar esto. Me siento bien conmigo mismo, he logrado no sin esfuerzo aceptarme tal y como soy, aceptar lo poco bueno y sobre todo lo mucho malo de mi carácter. Sé que hay bastantes cosas que mejorar, y no dejaré de intentarlo. También sé que el autoconocimiento es la base, y eso ya lo tengo. Mi vida no es de color de rosa ni espero que vaya a serlo, pero tampoco es mala. Disfruto cotidianamente de cosas que para otros son solo sueños. Una casa, un trabajo fijo, un buen sueldo y un amor correspondido. No tengo derecho a quejarme.

Como regalo de aniversario (Y que realmente me ha hecho especial ilusión), La Coctelera me ha devuelto mi blog perdido. Ya puede verse entero, ya puedo entrar sin problemas y publicar sin novedad. Eso sí, los artículos anteriores, publicados desde marzo, se han perdido, todos menos los cinco que acabo de re-publicar, y que habían quedado guardados como borrador no sé bien por qué, pues no trabajo con borradores: Escribo cada artículo en Word y después lo copio en el espacio para texto de “artículo nuevo”. En todo caso, estos cinco se han salvado del naufragio y solo por eso ya merecen volver a publicarse.

Desde ahora, volveré a adoptar la personalidad de Bérnicus, y a escribir en este blog, rebautizado como “Cuarentaypico”, que ahora que ya soy cuarentón intentaré contaros mi viaje recién iniciado a través de esa década aún desconocida. Con un año más a cuestas, sigo siendo el mismo, y, por muchas razones, me siento más a gusto en la piel de Bérnicus que en la de Nihilus, esa máscara que adopté un tanto a la desesperada. Sin embargo, no borraré el otro blog, esos tres artículos de la serie Desmemorias publicados allí me los he arrancado de las entrañas, y aunque curiosamente sean los únicos de quien alguien haya dudado sobre su veracidad, son parte de mi yo más profundo, de las vivencias que más me han marcado y más duraderas secuelas me han producido. Tal vez deje aquel blog precisamente para eso, para almacén de recuerdos incómodos. Quién sabe. De momento, solo deciros que el desaparecido Bérnicus vuelve a estar por aquí.

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Austeridad presupuestaria, mito inalcanzable: Un ejemplo práctico.

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: mapa mental - sin comentarios

La historia no es nueva, pero un boletín sindical atrasado me la ha recordado, y me viene al pelo en estos tiempos de crisis y grandes (y falsas!) declaraciones de intenciones sobre austeridad, control y reducción del gasto público para ejemplificar cómo se dilapidan los recursos del Estado, cómo de manera inexplicablemente negligente se malgasta en tonterías lo que no se puede gastar en necesidades. Que según vengo observando, y creo cada día con mayor seguridad, el problema de la calamitosa administración de los asuntos públicos no es en la mayoría de los casos cuestión de las ideas políticas de quien los administra, sino de sus carencias e incapacidades como gestor. No es problema la mayoría de las veces de políticas mal dirigidas, sino de gestión mal realizada.

En Mayo de 2.004 la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores en la madrileña calle Marqués de Salamanca tuvo que ser desalojada por una contaminación con naftaleno (Nota Mental: Tratar de averiguar cómo narices puede contaminarse con naftaleno un edificio público teóricamente bien conservado y mantenido…) Se debía buscar una sede provisional mientras duraba el proceso de descontaminación, con idea de volver a ocupar el edificio al término del proceso. La sede provisional elegida fueron las Torres Ágora, en la calle Serrano Galvache (Véase foto adjunta), un conjunto de dos edificios de catorce plantas cada uno, que se alquilaron al módico precio de 620.000 € mensuales, o sea, 7.400.000 € anuales. Desde su instalación allí, el Ministerio lleva gastados 33 millones (Lo pongo en cifras, que impresiona más: 33.000.000 €) en alquileres.

Lo mejor de todo es que la descontaminación de la vieja sede de Marqués de Salamanca acabó hace ya mucho tiempo, pero los jerarcas del Ministerio decidieron así sin más no volver a ella. En su lugar, edificarán desde los cimientos una nueva (y carísima) sede en la calle Raimundo Fernández Valverde. Aparte del costo de las obras, que la verdad, desconozco, porque no tengo los datos, no está previsto que el edificio pueda estar terminado antes de cuatro años, durante los cuales seguirán pagando esa bestialidad de alquiler (Así grosso modo la broma costará entre 30 y 35 millones más), teniendo la sede antigua totalmente vacía y disponible.

Los sindicatos de funcionarios ya no saben como ponerse. Han calificado la decisión de absurdo despilfarro, y han explicado que además de lo antieconómico de la medida, es también poco práctica, pues las dichosas Torres Ágora están alejadas del centro, mal comunicadas, y son poco representativas. Exigen, aunque nadie haga caso a sus exigencias, que el Ministerio se instale de nuevo en la abandonada sede de Marqués de Salamanca mientras duran las obras de la nueva sede. ¡Así al menos se ahorrarían cuatro años de alquiler! Pero no, el Ministerio erre que erre… Da miedo pensar que éstos gestores incompetentes y derrochadores son los encargados entre otras cosas de dar la imagen de España en el mundo…

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Recuerdos que nunca tuve

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: ficciones - 1 comentario

No todos los mares son iguales. Creía que sí, pero ahora sé que no. Hecho de menos mi mar, el Mediterráneo junto al que nací, pequeño y dorado como una joya, siempre acariciado por la refulgente luz de un sol que es un amigo. Donde ahora me hallo, en la agreste costa del gélido y brumoso Mar del Norte, la luz es muy distinta. Pálida, desvaída, mortecina, luz de cámara mortuoria. Aunque tal vez, bien pensado, sea esa la luz adecuada para esta jornada.

Pienso en ella de nuevo. Su hermosa imagen acude a mi mente y la invade de una cierta ternura. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Aún me estará esperando? Mi masculina vanidad me empuja a desear que así sea, mas mi razón, fría y cortante como el filo de la espada que pende de mi costado, espera que no, que se haya casado con algún otro de sus pretendientes, que más le haya aprovechado que su inútil fidelidad a mí. Tal vez no haya sucedido ni lo uno ni lo otro, tal vez haya muerto antes que yo… Será aún una mujer joven, pero ¿qué tendría de extraño? Conozco todas las costas del continente, y en todas habitan el dolor hiriente y la pena negra. En todas campan los cuatro jinetes, guerra, peste, hambre y muerte, los cuatro libres de acabar con quien les plazca, destruyendo el mundo, sin que nadie les detenga. Ni los airados predicadores fulminando anatemas desde sus púlpitos, ni los pobrísimos mendicantes recorriendo la tierra entera, descalzos, infligiéndose las más duras penitencias, enternecen el corazón del Altísimo. Por doquier, todo es muerte, como muerte habrá hoy aquí. Y sin embargo, una punzada de dolor me atenaza unos instantes. Después de tanta gente como he visto morir, después de estar yo mismo tantas veces a sus puertas, aún la idea de su muerte me hiere. No. Mejor no pensarlo. Mejor imaginarla tejiendo con la rueca, allí en nuestra aldea costera, felizmente casada con algún rico mercader de telas.

Y sin embargo, a pesar de tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta ira, la felicidad existe, pues la conocimos, ella y yo. Allí junto a nuestro mar Mediterráneo, en esas playas doradas de la inabarcable costa que configura el límite del feudo de mis parientes los Montgrí, allí fuimos felices. Luego, el mundo nos separó. ¿O fueron mi orgullo y mi ambición? Una mezcla de ambos, imagino. Bien es cierto que me debía a las obligaciones de mi rango y de mi casa, obligaciones que me fueron puntualmente recordadas por mi tío el Vizconde cuando ya nuestra historia de amor era motivo de público escándalo. Pero no es menos cierto que yo también quería dejar atrás aquella aldea de pescadores y ver mundo, y lograr fama y fortuna, antes de volver por ella para vivir el resto de nuestra vida juntos. Un año. Eso le pedí. Un año de espera, y ella juró esperarme. Partí en busca de fama y fortuna, creyendo poder lograrla fácilmente en ese año que ella graciosamente me regalaba… Pero han pasado ya diez años desde mi partida, y nada he logrado más que endurecer mi corazón hasta volverlo piedra. Qué lejana me parece ahora aquella primera travesía desde Barcelona hasta Mesina, donde me uní a la tropa de Don Blasco de Galcerán, gobernador aragonés de Sicilia, presto a partir hacia Grecia en cuanto recibiera refuerzos. Cuan borrosas se me hacen aquellas primeras batallas en el Mediterráneo Oriental que representaron mi bautismo de fuego, luchando contra turcos, genoveses y pisanos en nombre del Muy Alto Señor Rey de Aragón, siempre bajo la Senyera

No. No son las cuatro barras oriflama las que ahora ondean en nuestro estandarte, sino el águila bicéfala de los Hohenstaufen. Cuanto tiempo ha pasado, cuantas tierras he recorrido, cuan inútil travesía que acabará sin duda aquí, en este apestoso rincón norteño, en estas dunas heladas de Heligoland. El viejo Rittmeister que nos manda en tierra, tras la muerte de nuestro Almirante en el mar, pasa a mi lado montando su enorme caballo tordo, casi tan viejo como él. No debíamos haber desembarcado. En el mar, hubiéramos podido huir en busca del amparo de nuestra capital, Lübeck, la de las siete torres, o de alguna de sus ciudades aliadas de la Liga Hanseática. No todos, pero alguno habría conseguido llegar. Aquí en tierra, embolsados por los enemigos en esta isla con una única salida, no queda más opción que vender cara la vida. La hermandad corsaria de los Vicual y su patrocinador en la sombra, el Duque Albrecht de Mecklemburg, parece que saldrán victoriosos de este encuentro.

- ¡¡Los daneses!!

Ya está. Ya están aquí. Ya llegó ese final anunciado que tanto y tan ansiosamente venía esperando. Me bajo la visera del yelmo y desenvaino la espada. Atruenan en la lejanía los disparos de las gruesas bombardas, imponiéndose al rítmico tableteo de los tambores, a los juramentos y blasfemias gritados en varios idiomas, y al chirriar de aceros saliendo, como el mío, de sus vainas. Vuelvo a pensar en ella. No volveré a verla. No volveré a bañarme en el Mediterráneo ni en el profundo verdemar de sus pupilas. No volveré a ver la suave brisa de la madrugada meciendo sus cabellos pajizos. Moriré aquí, en este remoto rincón junto al Báltico, solo y olvidado. No puedo, sin embargo, reprimir una sonrisa postrera. Al menos yo conocí la felicidad. Es más de lo que puede decir la mayoría.

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Mierda (El desgraciado caso del capitán Kowsky)

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: mapa mental - sin comentarios

Ludwig Kowsky, capitán de ingenieros, era posiblemente en Junio de 1.942 uno de los más felices oficiales de la Wehrmacht. Heredero de una adinerara familia burguesa de comerciantes textiles convertidos desde el comienzo de la guerra proveedores militares, su familia había sabido utilizar sabiamente contactos e influencias, y entremezclarlos con sobornos y promesas para conseguir que fuera nombrado Jefe de Sector de Ferrocarriles de Berlín, o sea, en la retaguardia, en un destino cómodo y nada peligroso, leyendo el periódico y fumando cigarros en su gran despacho con muebles de caoba de la Hamburger Bahnhof mientras sus compañeros de armas caían como moscas en lejanos y encarnizados frentes. Aquel día de principios de verano, el capitán Kowsky acudió como siempre a su despacho, puntualmente a las ocho de la mañana, ignorante de que su suerte estaba a punto de cambiar. A las 08.30, su hora prevista de llegada, hizo su aparición el larguísimo convoy militar que traía de vuelta a casa lo que quedaba de una División de Panzergrenadier del VI Ejército, diezmada en el frente ruso a lo largo de una durísima primavera de continuos combates. Al menos cuarenta chicas debidamente uniformadas, integrantes del Bund Deutscher Mädel, o Sección Femenina del Partido Nazi, estaban en los andenes esperando a recibir a los héroes, regalándoses sonrisas y pastelillos caseros.

El capitán Kowsky nada supo hasta que fue demasiado tarde. Aquellos dichosos pastelillos caseros, quién sabe cómo y dónde habían sido elaborados en aquellos tiempos de escasez. Sea como fuere, a medida que los pobres soldados los comían, unos tremendos retortijones se adueñaban de sus tripas… ¡Y eran miles! Los primeros acudieron a toda prisa a los baños de la estación, y llenaron a rebosar sus treinta retretes. Los de más atrás… Bien, no entremos en detalles, pero vías, andenes, bancos y papeleras, todo, absolutamente todo, quedó cubierto de orines y excrementos… Era algo inaudito, algo que sencillamente no podía pasar en el III Reich. Algo intolerable que solo podía deberse al más audaz sabotaje o la más incomprensible de las negligencias.

Ninguna influencia pudo esta vez salvar al capitán Kowsky de su destino: Fulminantemente cesado de su puesto, fue nombrado jefe de una compañía de zapadores que partía inmediatamente a primera línea del frente de Stalingrado. La guerra de verdad fue para él una desagradable sorpresa. Ingenua y regalada como había sido su vida hasta entonces, había llevado en su equipaje nada menos que treinta camisas blancas…

Apenas un par de semanas llevaba destinado en el frente ruso cuando, en una reunión del Estado Mayor de su Brigada, el Generalleutnant que la mandaba, y que conocía de sobra a la familia de su subordinado, le preguntó cómo era que de un puesto de lujo en Berlín, había acabado allí, en medio del infierno helado de Rusia. “A causa de la mierda, Herr Generalleutnant” fue la airada respuesta del frustrado capitán. Tal vez nada hubiera ocurrido si solo hubieran estado presentes oficiales de la Wehrmacht, siempre bien dispuestos a cubrirse sus faltas entre ellos, pero varios oficiales SS habían sido ambién invitados, entre ellos un Sturmbannführer en quien se conjugaban la más ansiosa ambición con el más ciego y furibundo celo por los postulados nacionalsocialistas. El oficial SS consideró un deber patriótico denunciar aquella frase a sus superiores, quienes indignados lo comunicaron a los superiores del Generalletutnant… El asunto acabó en el despacho del comandante en jefe del VI Ejército, Generalfeldmarschall Von Paulus, quien ordenó celebrar un consejo de guerra que valorara la gravedad de lo sucedido y estableciera una pena proporcional a la misma. El 22 de Diciembre de 1.942 el Consejo de Guerra se dio por finalizado con un informe final de más de mil folios que acababa con la siguiente frase: “Al capitán Ludwig Kowsky se le niegan todos los honores y todo derecho a la vida por sus insultos contra el gobierno de la Gran Alemania”.

Fue fusilado al siguiente amanecer. A causa de la mierda, claro.

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A veces me sorprende que sigas a mi lado

Posteado por: Bérnicus el 3 nov En: juntos - 2 comentarios

Sí, a veces me pasa. A pesar de los ya casi ocho años juntos, y a pesar de todos los pesares. A pesar de todas las desgracias que hemos asumido, todas las pruebas que hemos aprobado y todos los obstáculos que hemos superado, aún a veces me resulta increíble que una mujer como tú esté a mi lado, ahí en mi sofá, con las piernas en mi regazo y la cabeza apoyada en un cojín, mirando la tele a mi lado un domingo por la noche. Aún, algunas veces, me despierto repentinamente en la madrugada, que ya sabes que tengo el sueño muy ligero, y me sorprende encontrarme tus rizos desparramados sobre la almohada, y me quedo asombrado de que tu cuerpo desnudo de turgentes formas esté ahí junto al mío, apenas cubierto por la fina sábana.

No, no me malinterpretes. Son esos momentos, esos en los que estás a mi lado, los únicos que realmente valen la pena, los únicos en los que he llegado a sentir algo levemente parecido a lo que llaman felicidad. Del resto de mi vida más vale no hablar, todo es guerra, cuando no directamente catástrofe. No importa, tranquila, no pasa nada, lo sabes, ya nos conocemos bien. Estoy acostumbrado a sentirme en guerra con todo lo que me rodea, esa guerra que no empecé pero que voy a tener que terminar. La soledad y la tristeza son viejas compañeras, no te diré que amigas, no, que no se puede ser amigo suyo y seguir viviendo como si nada, pero sí compañeras con las que he compartido muchos días y semanas, y que por tanto ni me asustan ni me disgustan cuando se presentan en mi puerta. Las tolero, como se tolera a ese amigo borrachín y pesadete que sabes que acabará tirado por el suelo en la próxima quedada como en todas las anteriores, y que asumes que tendrás que llevar a su casa porque no podrá conducir. Y sí, ya resulta cargante y aburrido tener que hacerlo una vez más, pero en fin, él es así y no cambiará, y solo te queda olvidarle o soportarle, y está claro que la decisión ya está tomada a su favor.

Solo cuando estoy contigo, en esos momentos que compartimos y que casi tenemos que robar al cúmulo de obligaciones laborales, familiares y de todo orden que ambos cargamos a cuestas, solo entonces sé que ni la soledad ni la tristeza harán acto de presencia. Ni ellas ni sus primas la nostalgia, la melancolía y la desesperación. Ninguna de ellas. Tu sola presencia las espanta. Solo a tu lado, me siento tal como soy, libre de tapujos, convencionalismos y disimulos. A veces creo que solo tú me conoces realmente.

Y es precisamente por eso, porque tú me has visto como nadie más me ha visto, porque tú sabes esas cosas de mí que uno no pondría en su perfil de Facebook, y a pesar de todo sigues ahí, y me quieres, que me sorprende que no te vayas. Que me admira que puedas quererme. Quererte a ti, mi amor, no tiene mérito, pues tú eres no diré que perfecta, pero sí buena por dentro y por fuera, como no he conocido otra igual. Quererme a mí en cambio debe ser un trabajo difícil, tal vez en según que ocasiones sucio. Alguien tenía que hacerlo, dirá el gracioso de turno, claro, pero no tú, querida Stigia, no tú que naciste para santa, y vives con un demonio. Yo te agradezco tu amor, que ha sido para mí una bendición del cielo. Pero sinceramente, a veces, me sorprende que sigas a mi lado…

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